Gestar un embarazo y padecer el covid-19

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Vivir el coronavirus, con los miedos que conlleva la infección, se vuelve más frágil al cursar un embarazo.

Fue el caso de S.M., quien accedió a contarnos su experiencia pero preservando su identidad. No por compromisos propios de su área laboral o personal, sino, por el miedo que aún invade en su alrededor a pesar de haber superado el cuadro.

Con 31 años de edad, a una materia de recibirse de fonoaudióloga y ya siendo mamá de un nene de 9 años, S.M. transita un embarazo de 37 semanas.

Nos cuenta que, a pesar de los recaudos puntillosos que se tuvo desde el inicio de la pandemia, su familia no estuvo exenta al contagio.

Inicio su marido con síntomas leves, que en un principio lo relacionaron con una posible infección de oído. Pasado los días, en carne propia, comenzó a sentir un agotamiento físico inexplicable, pero que desestimó al saberse sensible por su condición maternal. Cuando presentó fiebre, se dirigió a la Maternidad, donde le hicieron un hisopado que dio positivo cuatro días después.

La confirmación, resultó en sensaciones encontradas: “Lloré mucho porque estaba realmente asustada, pensé en mí hijo en mí bebé que viene en camino, pero traté de mantener una actitud positiva, no quería dejarme vencer, sé que hay personas que dependen de mí y me necesitan”, dijo S.M. en dialogo con Prensa Activa Digital.

( Imagen Ilustrativa )

Aunque reconoce haber transitado la infección con síntomas leves, condición que le ayudo bastante a sobrellevarlo, hizo aislamiento en su casa con un seguimiento telefónico. Luego de los 15 días obtuvo el alta al ser controlada en el Policlínico de Lomas de Tafí, donde se comprobó el buen estado de salud.

No hizo alusión a un mal seguimiento médico, aunque pudiera ser escueto tras las condiciones de control,  pero si recalcó la falta de contención psicológica. Hablando de una madre que cursa una gestación avanzada, se notó el desarrollo de estados de ansiedad, estrés y hasta dificultades para manejar situaciones simples.

Aunque hoy cursa su día 22 de recuperación, no deja de tener ese recelo al miedo, al cuadro vivido, a la sensación de soledad que el aislamiento significa y de un modo tan gráfico. La impotencia que le ha generado todo esto, no deja de acrecentarse. Nos cuenta que dejo de recibir visitas para protegerse y proteger a la familia; y sin escatimar los protocolos y medidas sugeridas, tuvo el mal trago de contraerlo.  

Cuando le consultamos a S.M. sobre las herramientas con las que contó esos días de encierro, nos habló sobre meditación, apoyo familiar y de allegados, como de un “reseteo” personal constante. Es consciente del impacto que tiene el modo de enfrentar las circunstancias en relación al sistema inmunológico.  

De más está decir que este escenario sanitario, desconocido para todos; nos llevó a un sobreesfuerzo en materia investigativa, de evolución farmacológica y hasta de empatía en todos los ámbitos. Reconocer que la falta de inversión en ciertas áreas, retarda quizás, el hallazgo de una solución más práctica, a pesar de contar con tratamiento paliativos,  nos hace unirnos en la Fe, o en modos nuevos de relacionarnos para poder afrontar este miedo paralizante.

Apostando a no solo preocuparnos por posibles políticas públicas que garanticen la seguridad social, desde el equipo periodístico, creemos fundamental poder hacer un viraje al modo de vincularnos, de solidarizarnos con quienes se ven afectados y de transmitir tranquilidad ante el caos emocional que resulta del acto infeccioso.

No descartamos la importancia, alcance y consecuencias que pudiera tener fisiológicamente el virus, pero vulnerabilizarnos espiritualmente ante esto, nos desgasta en gran medida. Priorizar las relaciones de la familia primera, redireccionar la atención en los actos de verdadero valor, comprometernos en el cuidado general podrá significar un pequeño fuerte hacia el cambio que nos ayude a superar este flagelo.

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