Vacunagate

Hace unas semanas, un amigo que vive en el exterior, me mandó un mensaje en el que preguntaba si era cierto que en Argentina se estaba vacunando a políticos y gente de poder, en tanto que su madre, con 90 años a cuestas, y que también vive en Argentina, aún no ha sido vacunada porque nadie decía nada al respecto. Esas palabras me retumban desde que se dio a conocer el escándalo por el vacunatorio vip en el país.

Repugnancia, bronca, enojo, ilegalidad, muchas sensaciones pasan por la cabeza de personas que, como uno, tienen en la familia adultos mayores que aún no pudieron acceder a la vacuna; personas que trabajaron toda su vida pero que no tienen los «amigos» para poder pasar inmunizados y con tranquilidad los últimos años de sus vidas. Es muy triste ver que se vacunó a gente que no está en los grupos de riesgo mientas que muchos que lo necesitan, siguen en la bendita espera.

Indudablemente, esto es un golpe a la credibilidad del plan sanitario ya que la vacuna es un bien escaso, y que nuestro país no logró acuerdos de grandes números todavía; hay poca gente vacunada con las dos dosis, y son pocos comparados con otros países que están en el día de hoy en camino a la inmunidad.

Hace años (1526) el filósofo italiano Nicolás Maquiavelo,(1469 – 1527), escribió unas palabas a un amigo, poco antes de su muerte: “Me gustaría enseñarles el camino al infierno para que se mantengan apartados de él”. El «infierno» al que se refería era muy terrenal, y es el que surge de las malas decisiones políticas y las instituciones corruptas. Las personas a las que quería rescatar eran, para empezar, sus propios compatriotas: los ciudadanos de Florencia y de otros lugares de Italia que estaban a punto de perder sus últimos restos de soberanía y libertades civiles.

Maquiavelo dedicó su vida a tratar de advertir a la gente sobre los peligros que amenazaban sus libertades políticas, con la esperanza de que aprendieran a defenderse.

¿Qué diría sobre las dificultades que atraviesan hoy nuestras democracias?

Seguramente empezaría por recomendar que, para tratar a un Estado enfermo, hay que practicar medicina de calidad y no quedarse en síntomas superficiales, sino buscando causas fundamentales.

Las grandes epidemias siempre generaron temor, durante el cólera ( 1867-1868), por ejemplo, había periódicos que otorgaban a la epidemia un nuevo mote, el de julepis morbis.

La expresión es un juego de palabras entre el nombre médico con el que se conoce al cólera (“cholera morbus”) y la palabra de uso popular en Argentina “julepe” que refiere al susto o impresión repentina de miedo o pavor. Estableciendo un desglose de la propia entidad de la enfermedad, los redactores proponían medidas tanto para el cólera como para el julepis morbis. Las medidas para prevenirse del julepis consistían en “conciencia tranquila, y averiguar la verdad y no dar crédito a las estupideces que se dicen y a las falsas noticias que algunos timoratos hacen circular”. También se atribuía al miedo a las defunciones. Aparecía. entonces. un temor vinculado directamente a la muerte, por la imposibilidad de controlarlo, y por no poder enfrentar adecuadamente la crisis. La expresión “muerto de miedo” cobraba entonces, un sentido literal.

¿Miedo? ¿temor a morir? ¿egoísmo? ¿cobardía?… Me pregunto qué lleva a una persona a actuar fuera de la ley y de los reglamentos vigentes.

La muerte llega tarde o temprano para todos, entonces, si no podemos cambiar esto sí podemos generar una imagen distinta, solidaria, transparente, de crecimiento y honestidad a la hora de mostrar quienes somos.

Sin embargo, mientras las personas individuales tenemos el derecho legítimo a portar estos sentimientos por la aversión natural a la muerte, las instituciones no pueden, de ningún modo, actuar con actitudes sobre protectoras, permitirse torpezas, asustarse o paralizarse, jugar de ingenuos, favorecer a sectores, justamente, porque el deber es generar lo contrario y garantizar la salud para todos, pero con criterios de respetuosa equidad. Eso, en cuanto a la conducta de las instituciones, ahora bien, en cuanto a los funcionarios que las representan, estos mandatos morales se refuerzan con doble intensidad.

Recuerdo una frase del general José de San Martín refiriéndose a la actitud de quien lleva una vida pública: «Antes sacrificaría mi existencia que echar una mancha sobre mi vida pública que se pudiera interpretar como ambición«…para reflexionar.

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1 respuesta

  1. gustavo dice:

    Excelente, impecable descripción de esa enfermedad llamada nepotismo que asola a Argentina hace décadas.

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