Adolescentes con voz propia: una experiencia que crece en El Cadillal.
La licenciada Estela Barber se refirió a la instalación de de un consultorio amigable dentro de la escuela secundaria?
—Este proyecto surge inicialmente en una Mesa de Gestión que reunió a referentes de Dinayf, Salud, Educación, los equipos territoriales de SASE y GPI, la referente del Programa de Conductas de Riesgo, Lic. Irma Thomas, y la Comuna Rural. Entre todas las instituciones pensamos cómo fortalecer estrategias para acompañar a las adolescencias, especialmente después de atravesar la dolorosa pérdida de un estudiante de la comunidad.
Ese hecho nos interpeló profundamente e impulsó a repensar la presencia del sistema de salud dentro de la escuela. Así nació la idea de ofrecer un espacio que escucha, acompaña y contiene, el cual progresivamente tomó forma hasta convertirse en un consultorio amigable integrado a la dinámica escolar.
Retomamos lineamientos del Plan ENIA, que promueve asesorías integrales basadas en confidencialidad, escucha activa y acceso voluntario. Lo adaptamos a nuestra comunidad, otorgándole una identidad situada y poniendo en el centro que los adolescentes puedan tener su propia voz respecto de aquello que les sucede.
— ¿Cómo se organizó el espacio dentro de la institución educativa?
—La escuela tuvo una apertura total. De la mano de la Directora, Prof. Fernanda Brito, se habilitó un espacio adecuado que garantizara privacidad y confidencialidad. Muy pronto fue identificado por los estudiantes como “el lugar donde está la psicóloga los lunes”. Esa constancia ayudó a construir confianza, cercanía y sentido de pertenencia.
Los adolescentes comenzaron a acercarse espontáneamente. Cada lunes atendía un promedio de cuatro jóvenes con consultas variadas: conflictos familiares, vínculos, anticoncepción, derechos, educación sexual, entre otros. La intervención temprana permitió resolver favorablemente muchas situaciones complejas
Además, desarrollamos múltiples talleres y charlas: prevención del suicidio, anticoncepción, derechos de los adolescentes, Educación Sexual Integral, consumo problemático y orientación vocacional. Todas fueron propuestas que surgieron a partir de sus intereses y demandas. La escuela acompañó cada iniciativa y las familias mostraron gran apertura.
El pedagogo Manuel Trasi, junto a docentes y no docentes, colaboró activamente en la organización, la comunicación interna y el acompañamiento cotidiano. Ese trabajo conjunto favoreció la continuidad del proyecto durante todo el año.
— ¿Cómo sostuviste el consultorio a lo largo del año?
—Si bien mantuve la presencia semanal y fui la cara visible del consultorio, nunca trabajé sola. De manera progresiva se integraron profesionales del CAPS que enriquecieron enormemente el abordaje: la obstetra Lic. Angelina Jiménez, la fonoaudióloga Carla Andrés, la odontóloga Lourdes Sendín y el enfermero Gonzalo Urueña. Ese trabajo interdisciplinario permitió que la iniciativa inicial se consolidara como un espacio terapéutico integral para adolescentes.
El consultorio pudo sostenerse gracias al compromiso institucional y a una articulación sólida entre salud y educación. Que siga creciendo y que avance hacia convertirse en una política pública es el resultado del aporte de muchas personas que trabajaron —muchas veces de forma silenciosa— para sostenerlo.
En este camino, el acompañamiento de la Dra. Yolanda Brepe, directora del Área Programática Oeste, fue fundamental. Acompañó con un profesionalismo enorme tanto a la comunidad como al equipo de salud en esos tiempos iniciales en los que todo era devastador. Su presencia fue determinante. Tiene una claridad para intervenir en contextos difíciles que da rumbo, y una convicción profunda por el trabajo territorial que se nota en cada decisión. Su compromiso comunitario no es un enunciado: se ve en cómo se hace presente, en cómo impulsa, en cómo defiende la importancia de estar donde la comunidad necesita. En medio del dolor colectivo, su forma de conducir permitió transformar la conmoción en acciones sostenidas.
La Dra. Patricia Cabral Ali, Directora del Área Operativa El Cadillal, también tuvo un rol decisivo. Su apoyo llegó con una convicción enorme por el trabajo territorial y por la importancia de estar presentes donde los jóvenes están. Habilitó el proyecto desde el primer momento y nos dio el impulso necesario para llevar la salud a la escuela de manera concreta y sostenida. Su acompañamiento —cercano, activo y profundamente comprometido— permitió que una idea nacida del dolor pudiera transformarse en un espacio real de cuidado.
La Dra. Silvia País, jefa del CAPS El Cadillal, acompañó el inicio del proyecto en un contexto que era complejo para ambas: ella recién asumía la jefatura y yo acababa de incorporarme al servicio. En medio de ese escenario caótico, me acompañó a la reunión inicial con todas las instituciones —Dinayf, Educación, la Comuna y los equipos territoriales— y aceptó que fuera yo la cara visible del consultorio dentro de la escuela. Juntas delineamos el marco formal y técnico necesario para darle forma al dispositivo, y su decisión permitió que avanzáramos con claridad desde el comienzo
La Dra. Florencia Avellaneda, referente del Programa de Adolescentes del SIPROSA, estuvo presente en cada etapa del proceso. Con una mirada amplia y un compromiso real con la salud adolescente, aportó materiales, capacitaciones y herramientas que fortalecieron el consultorio y permitieron dar respuestas más integrales. Su acompañamiento sostuvo y potenció el trabajo en un momento en el que necesitábamos sumar enfoques especializados para esta población.
Las coordinadoras de Psicología de APS, Lic. Ana Amaya y Lic. Verónica Buiatti, acompañan el trabajo en territorio con un respaldo técnico siempre disponible. Mantenemos una comunicación permanente para articular derivaciones, protocolos o situaciones complejas, y su orientación contribuye a que los circuitos institucionales funcionen con claridad. Su apoyo complementa y fortalece el trabajo cotidiano.
— ¿Qué balance hacés de este año de trabajo?
—Este año fue intenso, sensible y profundamente significativo. El impacto del consultorio no se explica solo por la demanda espontánea —que fue muy alta—, sino por la articulación institucional que permitió sostener el espacio semana tras semana.
La experiencia demuestra que cuando salud y educación trabajan de manera coordinada, los adolescentes encuentran un espacio legítimo para expresarse y sentirse acompañados. Se apropiaron del consultorio, confiaron, plantearon sus inquietudes y dieron sentido al proyecto.
Para nuestro equipo, este año reafirma la importancia de estar presentes en los lugares donde las adolescencias transitan su cotidianeidad. Escucharlas sin juzgar, acompañarlas en sus procesos y garantizar su derecho a ser oídas es un desafío permanente, pero profundamente gratificante.
El consultorio amigable se convirtió en un puente entre salud y educación, un espacio protector y un recurso que devolvió voz, legitimidad y presencia a los jóvenes. Una construcción colectiva que logró sostenerse porque nació del dolor, pero eligió transformarse en acción. Y este año demostró que cuando el Estado está presente —de manera humana, constante y situada— la comunidad encuentra nuevas formas de cuidado y de futuro.


