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La noche en que Bussi derrocó a Juri

Por Carlos Quiroga- A 50 años del golpe, este artículo recupera el reportaje que Amado Juri me concedió en 1999, cuando reconstruyó por primera vez la noche en que fue destituido por Antonio Domingo Bussi. Un testimonio que revela la lógica del poder en la dictadura y deja una convicción intacta: no hay fuerza capaz de reemplazar a la ley.

A cincuenta años del golpe militar, la historia de don Amado Juri , el gobernador tucumano destituido por Antonio Domingo Bussi, no solo sirve para rememorar aquel nefasto período que nos tocó vivir como argentinos, sino también para poner en valor las convicciones de un viejo dirigente justicialista que, en lugar de vengarse de quien fue su verdugo, eligió no parecérsele y demostrar que siempre existe una diferencia decisiva: la que separa la fuerza de la ley.

En un reportaje histórico que me concedió en 1999 para la revista GENTE, don Amado se animó a romper el silencio y revelar, por primera vez, detalles inéditos de aquella aciaga madrugada del 24 de marzo de 1976, mientras recorríamos juntos el penal de Villa Urquiza, donde Bussi lo mantuvo detenido durante dos años, nueve meses y siete días.

EL GOLPE

Son las tres de la mañana del 24 de marzo de 1976 y el timbre suena con insistencia en Suipacha 862. Amado Juri, por entonces gobernador de Tucumán, presiente que vienen por él y no se equivoca.

“Cuando abro la puerta, un teniente del Ejército me informa que estoy detenido y que debo acompañarlo de inmediato a la sede gubernamental. Le pido que espere unos minutos, que ya viene mi ministro de Gobierno, Severano Carrizo. El militar aguarda paciente y, cuando llega Carrizo, nos vamos. Después de esperar un largo rato en un despacho contiguo al del gobernador, junto a otros colaboradores míos (Miguel Rascovic y Nicolás Heredia), se escucha una voz que grita: ‘Que pasen’.

“Aquella madrugada nos gritó: ‘A partir de hoy, la ley soy yo’.”

“Cuando ingresamos en fila, igual que los chicos cuando los llevan castigados a la oficina de la directora, nos encontramos con Antonio Domingo Bussi, vestido de combate, con una itaka y varias granadas en el cinto. El general está descontrolado. Camina de un lado a otro, como una bestia enjaulada, y nos grita desaforado: ‘A partir de hoy, la ley soy yo. Ahora el pueblo tucumano va a tener el gobierno que se merece, porque ustedes lo único que han hecho es generar el caos y enriquecerse ilícitamente. Por culpa de ustedes, la guerrilla hace estragos en el monte tucumano’”.

EL REENCUENTRO

Veintitrés años después, el timbre vuelve a sonar con insistencia, pero esta vez en el Congreso de la Nación. Y quien lo pulsa es don Amado Juri (PJ), quien, por su edad (83 años), debe presidir la sesión preparatoria de la Cámara de Diputados, donde el tema excluyente es aprobar o rechazar el diploma de Antonio Domingo Bussi como diputado nacional, acusado de inhabilidad moral para ocupar el cargo por su actuación durante la última dictadura militar y por las investigaciones en su contra por desaparición de personas y robo de niños.

“La verdad es que nunca me imaginé que la vida me iba a dar semejante oportunidad. Pero, le soy sincero, mijo: a mí no me gustan las revanchas. Por eso he decidido darle la oportunidad de que se defienda, oportunidad que él me negó cuando me envió, sin pruebas, a la cárcel”.

“Nunca quise parecerme a quien me convirtió en su prisionero.”

—Don Amado, ¿qué pasó después de que Bussi los insultó aquella madrugada del 24 de marzo de 1976?

“Nos mandó a una oficina de la gobernación. Al mediodía nos hizo servir un almuerzo que, por cierto, no nos salió gratis, porque después de comer pidió que le abonáramos 10 pesos, ya que -según dijo-lo había hecho traer de El Buen Gusto (una confitería ubicada a metros de la Casa de Gobierno). Así que no tuvimos más remedio que pagarlo. ¿Se da cuenta de la terquedad de este hombre? Hacer que sus prisioneros pagaran su propia comida. Todavía no puedo entender semejante atropello.

Por la tarde ordenó que nos trasladaran al Comando de Comunicaciones y, después de estar allí 20 días, nos llevaron a la cárcel”.

TRES AÑOS PRESO

“Recuerdo que el día que me llevaron a la cárcel era una tarde, a la oración. Y cuando me conducían a la celda, comenzaron a cerrarse las puertas de manera violenta. Eran chas, chas, chas. Después me enteré de que eso había sido fríamente preparado para atemorizarnos aún más. Lo único que pretendían era hacernos sufrir. Pero a mí todo ese circo no me afectó, porque, por mis ideales -la vuelta de Perón-, había recorrido todas las cárceles del país, de Jujuy a Olmos”.

Los días en la cárcel para don Amado Juri comenzaban a las seis de la mañana: “Cantábamos Aurora y luego hacíamos fila con nuestro respectivo jarro para que nos sirvieran mate cocido y nos dieran un pedazo de pan. De allí iba a trabajar hasta el mediodía. Por órdenes estrictas de Bussi, y con el único objetivo de humillarme, me mandaron a hacer barro en la cortada de ladrillos”.

“Al preguntar  si tenía otra opción, me dijeron que no, que debía trabajar allí. Pero cuando llegué, me encontré con un hecho sorprendente y conmovedor a la vez: los presos no querían que hiciera barro y me pidieron que me encargara de contar los adobes que se hacían, porque las propias autoridades del penal robaban ladrillos para pagarles menos”.

“Me mandaron a la cárcel sin pruebas y sin darme la posibilidad de defenderme.”

“No tardé mucho en convertirme en una especie de delegado gremial de los presos, y siempre me plantaba ante las autoridades para defender sus derechos. Incluso, una vez me mandaron al ‘chancho’ (una especie de calabozo en el que solo se entra de pie) por pelear por ellos”.

“Debo confesar que yo era un niño mimado entre los presos. Durante mi gestión había realizado varios actos de beneficencia con ellos, así que, lejos de encontrar caras hoscas o amenazantes, encontré afecto y cariño”.

“Incluso me comentaron que los guardiacárceles habían recibido órdenes de que me escracharan y provocaran, pero no lo hicieron por el agradecimiento que me tenían. Nunca me torturaron físicamente, pero me amenazaban constantemente. Uno de ellos era el capitán Aba (a quien el juez Garzón le pidió la captura internacional)”.

 “Durante mi estadía en el penal, Bussi me visitó en varias oportunidades con el único objetivo de humillarme. Todavía recuerdo la última vez. Era una tarde calurosa. Llegó eructando, con un habano en la mano, y me dijo: ‘Hoy vengo a despedirme de usted. Yo soy el único responsable y dueño de su destino. Si necesita algo, no tiene más que pedírmelo en Buenos Aires’.

“Por supuesto, jamás le pedí nada. Cumplí con todas mis obligaciones de preso. Nunca falté, ni por licencia ni por enfermedad, a la cortada de ladrillos. Trabajé hasta el último día y nunca pedí privilegios, ni siquiera para que mi familia me visitara. Yo a ese hombre no le quería deber nada”.

“LA LEY ERA BUSSI”

“Los cargos que me imputó Bussi son irrisorios. Nunca pudo probar ningún delito. Se aseguró, eso sí, de que tuviera un proceso judicial parcial. El juez que estaba al frente de mi causa era el doctor Alberto Germanó, un hombre servil a él.

Recuerdo que una vez Bussi le dijo al propio presidente de la Corte que él era la ley. Y, en realidad, así era: él mandaba y disponía sobre la vida de todos los tucumanos”.

“Durante el proceso perdí a mi abogado, el doctor Dardo Molina (que había sido mi vicegobernador). Primero le pusieron una bomba en su casa para intimidarlo y, como siguió defendiéndome, lo secuestraron y lo hicieron desaparecer”.

«En esos años, en Tucumán, él decidía sobre la vida de todos.”

Durante mucho tiempo no tuve abogado, porque defender a Juri era poner en riesgo la vida. Había compañeros dispuestos, pero no quería seguir perdiendo amigos. Me resigné a un defensor oficial, que era como mandar al zorro a cuidar las gallinas”.

Finalmente, el 28 de diciembre de 1978, Amado Juri recuperó la libertad, ya que la justicia no pudo probar ninguno de los delitos imputados: “No le quepa la menor duda: fui un preso político”.

EL DÍA MÁS TRISTE

Los años pasaron y la democracia permitió que Bussi fuera beneficiado por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Un día, Juri se lo cruzó en un avión:

“Él  hizo el amague de levantarse para saludarme. Yo le cambié la cara y seguí de largo. Luego se encogió de hombros y sonrió irónicamente. Desde entonces, cada vez que me ve, se cruza de vereda. Y yo he jurado no darle la mano mientras no me diga dónde están los cuerpos de mis compañeros desaparecidos”.

“No le voy a negar —dice Juri, acongojado- que me sentí muy triste el día en que Bussi fue elegido gobernador de Tucumán  por el voto popular. Creo que fue uno de los días más tristes de mi vida. Pero también reconozco que parte de la culpa es de los políticos, por habernos dormido en la gloria del peronismo y descuidar a la gente”.

MEMORIA SIN REVANCHA

 “La vida da revancha y los designios de Dios quisieron que al final de mi vida, yo sea presidente de la Cámara de Diputados y tenga la posibilidad de negarme a tomarle juramento. Pero le juro que no actué con venganza. Fui incluso más piadoso que él: antes de impugnar su diploma, le di la posibilidad de defenderse”.

-¿Lo perdona?

“Cuando sea valiente y me diga dónde están los cuerpos de mis colaboradores -Dardo Molina, Juan Eduardo Terreiro, Bernardo Villalba, Benito Romano, José Chebaía y Guillermo Vargas Aignasse—, tal vez pueda perdonarlo. Mientras tanto, mi alma no podrá descansar en paz”.

Entrevista del periodista Carlos Quiroga (Publicada en Gente e Infonoa)

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