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Murió Darío Lopérfido: un liberal irredento que no le temió a la polémica

Ex secretario de Cultura, director del Teatro Colón e impulsor de festivales como el BAFICI sufría de ELA. Dirigía la Cátedra Vargas Llosa, escribió hasta el final sus columnas encendidas y realizó un ciclo con entrevistas a exiliados, disidentes y creadores

Dos meses antes de morir, Darío Lopérfido compartió algo estremecedor y penosamente realista: “El Darío de antes de la enfermedad ya murió”. Lo publicó en la revista de cultura y política Seúl, en una columna titulada “Tener ELA es una mierda”, donde describió también sin ambages: “Caminás pésimo, la voz se te vuelve de borracho y comés con el riesgo de que se te caiga la baba”. Destacó, como cosa del pasado, que había sido un buen polemista; sin embargo, hasta el final de su vida siguió escribiendo columnas que creaban chispas.

La ELA le había quitado la voz, el paso firme, la vida social. La pasión contendiente, no. Quizá no todo el Lopérfido de antes de la enfermedad había muerto antes de este 27 de febrero de 2026, cuando se conoció la noticia en Madrid, donde vivió los últimos años.

Lopérfido no era un polemista de red social, algo hoy directamente vintage. Su ironía buscaba la estructura de un argumento. Hace poco describió las discusiones entre los argentinos sobre el texto de una ley: “La consigna siempre llega primero. Leer es opcional. Entender, directamente, sospechoso”.

No siempre tuvo razón. En 2016 cuestionó la cifra de 30.000 desaparecidos de la última dictadura, una posición que contradice el consenso de los organismos de derechos humanos e hirió a tantas familias con muertos sin tumba. Pero —otra característica de Lopérfido: una coherencia a pesar de los costos— no rectificó su dicho. Años después, explicó: “Me podría haber retractado y seguir tranquilo o mantenerme en mi posición. Eso hice y me siento orgulloso de mi actitud”.

El escritor Jorge Asís, otro polemista nivel nuclear, lo elogió en el recuerdo: “Uno de los oponentes más inteligentes que tuve en mi vida”. Los unía una mutua simpatía en tensión porque habitaban trincheras políticas opuestas. Cuando Lopérfido asumió como secretario de Cultura y Comunicación durante el gobierno de Fernando de la Rúa —contó Asís— “recuerdo haber hecho alguna ironía en una entrevista, dije que salí a buscar sus libros y no los pude conseguir en las librerías”. El chiste siguió: entonces pensó que quizá era pintor, pero tampoco lo conocían en las galerías, que tal vez era bailarín, y así. “Él se divirtió mucho, se rió y muy inteligentemente dijo: ‘Pasa que Asís y yo no somos contemporáneos’”.

En esa rivalidad lúcida, tuvieron amigos en común: “Por supuesto, la señora Esmeralda Mitre, que es un personaje absolutamente notable y fascinante”. Con los años, a Asís le quedó “una imagen intensa” de Lopérfido: “Un pibe infinitamente culto, con una erudición académica, y lo dicho: inteligente”.

Mitre, ex esposa de Lopérfido, también lo recordó con afecto en su cuenta de X: “Hoy quiero despedir a Darío con mi más profundo, dolor, agradeciéndole enormemente todos los momentos compartidos tan maravillosos y felices juntos. Darío, que Dios te tenga en la Gloria, y siempre vas a estar en mi corazón. Que descanses en Paz”.

Ideas sobre la libertad y las instituciones

Lopérfido era políticamente liberal, una expresión que en tiempos de libertarios no hay que dar por sobreentendida. Tenía como eje de su vida, según dijo en una entrevista, “la defensa de la libertad”. Lo repitió al asumir la dirección de la Cátedra Vargas Llosa, iniciativa literaria internacional, cuando habló del intelectual francés Albert Camus como “un guía intelectual: ayuda a pensar que cualquier forma de autoritarismo es cuestionable, ninguna ideología o dogma se puede superponer al hombre”.

Pensaba en las instituciones republicanas en el mundo, que sostienen esa libertad: “El hecho de no mandar tropas a Ucrania mostró que Europa deja a sus ciudadanos a la deriva frente a autócratas como Putin”, opinó. Cuando Isabel Díaz Ayuso, del Partido Popular de la Comunidad de Madrid, ganó las elecciones contra Podemos, la celebró para celebrar la democracia: había debatido en la campaña, había ganado en las urnas. “Así se hace”, escribió.

Darío Lopérfido (der.), secretario de Cultura y Comunicación durante el gobierno de Fernando de la Rúa, en diálogo con el ex presidente y su hijo Antonio. (Presidencia)

Había votado a Milei por su antikirchnerismo visceral, pero lo criticaba: “La pobreza sigue siendo enorme, la educación sigue en declive, la seguridad sigue siendo una preocupación, la corrupción no se ha erradicado”. Y cuando el presidente argentino cantó con el Chaqueño Palavecino le recordó que lo suyo era el gobierno, no el espectáculo. Lo comparó con Carlos Menem, sin visos de elogio.

Es llamativo que alguien con las credenciales de Lopérfido no haya terminado el secundario. Se formó en temas creativos desde el hoy inexistente papel de cadete en una agencia de publicidad, después en revistas culturales y en la emisora de radio FM Rock & Pop. En 1992, con 28 años, asumió la dirección del Centro Cultural Ricardo Rojas, de la Universidad de Buenos Aires, donde lo marcó “el vigor de una escena cultural porteña”, aquella de fines de los ochenta y comienzos de los noventa, que nunca olvidó.

De su gestión como secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires salieron dos instituciones que sobrevivieron largamente a su fundación. El Festival Internacional de Buenos Aires nació en 1997; el BAFICI, en 1999. El festival de cine independiente se consolidó como el más importante de América Latina y una referencia internacional bajo directores artísticos como QuintínSergio Wolf y Marcelo Panozzo.

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