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¿Ya celebraron el “hito histórico”? Ahora viene bien saber que el cupo de carne a Estados Unidos tiene fecha de vencimiento y solo se puede cumplir achicando todavía más el consumo interno

No hay copia del acuerdo comercial con Estados Unidos en castellano, el idioma oficial de la Argentina, y por lo tanto es probable que en esta interpretación de los hechos haya algún error de traducción: Yo no soy de los que se compran toda la ropa en Miami o París. Lo lamento.

Andrés Malamud, un analista político que me gusta, reparó en algo que muchos advertimos pero él dijo mucho mejor en un simple tuit: hay un tufillo enorme de sumisión de la Argentina a Estados Unidos en el texto de ese acuerdo nunca traducido. Entre tantos artículos hay tres mandatos compartidos, 7 imposiciones a Estados Unidos y 113 obligaciones a cumplir por parte de la Argentina. Es evidente que la desproporción es enorme.

Dice Miguel Braun, ex secretario de Comercio de Mauricio Macri y parte de una familia de supermercadistas y exportadores de carne, que es infantil la mirada anterior, pues a partir de este acuerdo “Argentina podrá exportar miles de productos a EE.UU. sin aranceles adicionales, mientras nuestros competidores como Brasil, la UE, China, India y otros deberán pagar aranceles adicionales de 10 a 25%”. Claro que vale decir que antes que esto Estados Unidos subió los aranceles unilateralmente a todo el planeta -pateó la estantería- y en realidad nosotros estaríamos consiguiendo como excepción lo que antes era una regla. Te devuelvo lo que te saqué, dice el dueño de la pelota.

Por supuesto, una vez más, la discusión es entre política y economía. Los que tienen algo para vender a Estados Unidos no harán ningún reparo a un acuerdo de este estilo, porque sienten que tendrán más posibilidades de crecer en sus negocios. La política se desgañitará haciendo advertencias que casi nadie escuchará, porque lo que manda es el dinero. ¿Soberanía? ¿Qué era aquello?

Por eso en el sector agropecuario celebraron sin disimulos el acuerdo con Estados Unidos, lo apoyaron fervientemente. Si algo tiene para vender la Argentina, eso son los productos de su campo. La ilusión está intacta y la maquinaria a media potencia. Entonces a los agropecuarios les importa poco o nada la “reciprocidad” plasmada en el acuerdo con Estados Unidos, ya que nosotros también le bajamos aranceles a sus exportaciones (mientras escribo esto, un amigo me cuenta que está comprando comida en Costa Rica y es toda de origen estadounidense), nos comprometemos a importar sus pollos dentro de un año y le quitamos al Senasa casi toda posibilidad de control sobre los frigoríficos yankees. Serán ellos los que deciden que nos exportan y cuando. Nosotros nos dejamos.

Como con la ropa importada, no nos importa lo que entre sino lo que sale. Y creemos -desde hace décadas creemos- que estamos condenados a ser “Argentina el granero o el supermercado del mundo”.

Entonces vamos a lo que obtuvo la Argentina a cambio de tanta generosidad: todos festejaron como un “hito histórico” que Estados Unidos aceptara importar 100 mil toneladas anuales de carne vacuna de estas pampas, cinco veces más de las que nos compraban hasta ahora . La Argentina exporta 20 mil toneladas con bajo arancel desde 2018 (la cuota inicial fue obtenida por Macri también de Trump), luego de casi un siglo de menospreciar nuestros bifes y prohibirlos con la excusa paraarancelaria de la fiebre aftosa (curioso, en el nuevo acuerdo son ellos ahora los que nos dicen que las barreras al comercio deben estar basadas en ciencia).

Pero somos incorregibles y olvidamos rápido los argentinos: nos creemos predestinados a llenar con nuestra carne las góndolas de todos los supermercados del mundo. Frente a la noticia de que la cuota de carne para Estados Unidos en 2026 será cinco veces más grande, nos sentimos como el indio Paturuzú, pampas invencibles. Nadie hace el cálculo de que Estados Unidos consumirá cerca de 12,5 millones de toneladas de carne este año, con lo cual la magra oferta argentina -de cumplirse- representará solo 0,8% del consumo de los cowboys. Tampoco se repara en que aquel país importa 2,5 millones de toneladas, con lo cual la participación argentina crecería como tope hasta 4% de las importaciones.

Si se levantara Carlos Menem de su tumba, además, le patea la cola a Javier Milei ante tanta genuflexión: ni siquiera él, el presidente riojano que abrazó primero que todos el neoliberalismo y era estandarte del pragmatismo, se bancaba las cuotas como sistema de administración del comercio, y la Argentina de los 90 las criticaba severamente en todos los foros internacionales junto al Grupo Cairns. Es que una cuota es un límite en esencia. Una barrera. “Yermano… No se puede celebrar los límites, sobre todo si te decís el baluarte del libre comercio”, hubiera dicho el Turco.

Pero nada, celebremos en medio de la flacura del análisis que nos propone Manuel Adorni: este es un hito histórico y nuestra carne va a conquistar los paladares estadounidense, que no podrán resistirse a la tentación de un buen asado en cuanto lo conozcan, porque los gauchos saben mucho más de hacienda y de ganado que esos vaqueros de pacotilla. Boleadora mata revolver.

Y todo muy lindo en el discurso pobre de la política porque ni siquiera se va a poder vender asado, ya que Estados Unidos nos sigue prohibiendo -sin argumentos científicos- las importaciones de carne con hueso.

Primer dato concreto: la ampliación del cupo de carne vacuna de 20.000 a 100.000 toneladas  se decidió por decreto y no forma parte del acuerdo con la Argentina, ya que al parecer Donald Trump debe hacer pasar decisiones de ese estilo por el Congreso. Por eso se anunció aparte y con un comunicado especial de la Casa Blanca, donde el propio presidente (mientras tratar a Obama como mono) justificó esas importaciones en base a las necesidades de carne que actualmente tiene Estados Unidos (que vive una depresión ganadera sorprendente) e impuso las condiciones para dicho contingente arancelario.

Es decir que el cupo adicional de carne no forma parte del pacto comercial y por lo tanto tiene fecha de vencimiento: el 31 de diciembre de 2026. No hay ninguna certeza de que vaya a extenderse más allá de ese día, y mucho menos papel escrito, y la única razón para creer que así será nace de la propia ingenuidad de los negociadores de la Argentina, que confían en la palabra de un presidente estadounidense que se pelea con medio mundo.

Trump, como se dijo, además se arrogó ordenar la cuota y definir el modo de distribución, sin darle participación al Estado Argentino sobre esas decisiones supuestamente “soberanas”. Ey, amigo, si me das un cupo de mercado dejame al menos decidir a mi cómo lo reparto entre los míos, para que no se maten entre ellos y sacar el mejor provecho. Es lo que sucedió con el cupo ya vigente de 20.000 toneladas, que la semana pasada la Secretaría de Agricultura distribuyó entre unos 70 plantas frigoríficos y grupos de productores.

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