Del libro como bien cultural al libro como producto de góndola (pegado al de papas fritas envasadas)
El proyecto oficial habilitaría a supermercados, plataformas y cadenas generalistas a competir con descuentos difíciles de sostener para las librerías independientes, con riesgo de concentración, cierres y aumento posterior de precios.
El proyecto de desregulación impulsado por el Gobierno nacional de Milei propone derogar la Ley 25.542 de Defensa de la Actividad Librera, conocida como Ley del Libro, que establece el precio uniforme de venta al público. Desde las librerías independientes advierten que la medida no solo amenaza a pequeños comercios, editoriales y cooperativas, sino también a una red de espacios culturales y comunitarios construida durante décadas.
La iniciativa, elaborada bajo la órbita del ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, introduce modificaciones en distintos sectores de la economía. La producción, circulación y comercialización del libro tampoco quedaron fuera del paquete.
La Ley 25.542, sancionada en 2001 a partir de un amplio consenso dentro de la cadena editorial, determina que cada título tenga un precio fijado por el editor o importador. De ese modo, un mismo ejemplar conserva un valor similar tanto en una librería de barrio o de una localidad del interior como en una gran cadena comercial.
El sistema no elimina la competencia. Por el contrario, impide que esta quede reducida exclusivamente a la capacidad financiera de realizar descuentos imposibles de sostener para los actores más pequeños. Las librerías compiten a través de su especialización, la selección de títulos, el conocimiento de sus lectores, las actividades que organizan y la identidad cultural que construyen en cada comunidad.
La propuesta oficial plantea reemplazar ese esquema por un mercado en el que cada punto de venta pueda fijar libremente sus precios. Presentada como una ampliación de la competencia, la medida podría producir el efecto contrario: facilitar el ingreso de grandes cadenas, supermercados, plataformas o comercializadoras generales con capacidad para vender determinados títulos a valores artificialmente bajos hasta desplazar a librerías que no cuentan con esa estructura económica.

El riesgo no son las grandes librerías especializadas, ni los espacios reconocidos por su trayectoria cultural. La preocupación se concentra en la lógica de empresas a las que les resulta indiferente vender un libro, una bebida gaseosa o cualquier otro producto, siempre que genere rentabilidad. Actores sin relación con la edición, la lectura o la difusión cultural podrían utilizar los libros como mercancías de atracción, absorber una porción creciente del mercado y abandonar cualquier título que no garantice una rotación rápida.
Las librerías independientes son mucho más que puntos de expendio. Funcionan como lugares de encuentro, presentan autores, organizan lecturas, sostienen catálogos menos comerciales, difunden editoriales pequeñas y permiten que obras alejadas de las novedades masivas encuentren lectores. En muchas ciudades y barrios son, además, uno de los pocos espacios privados que todavía desarrollan una función cultural abierta a la comunidad.


