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Lola Mora: De coraje llevar

A 90 años del adiós de la escultora tucumana

Por Roberto Espinosa

Un horizonte de chingolos dialoga con las nubes. Ese 22 de abril de 1867, la alegría está de fiesta. En el regazo de la tierra se acuna un llanto de greda tranqueña. Un rumor de ternura se trepa tal vez a los ecos del campo, huérfano de lluvias. La carbonilla siluetea ya esa noche un sueño de mármol. Un maestro italiano exorciza sus primeras rebeldías. Su juventud desnuda las miradas de gobernadores tucumanos en retratos.


Los misterios de Roma le dan la bienvenida. Don Giulio le descubre los secretos de la piedra. Un comprovinciano presidente le tiende el afecto en una beca. El prestigio la envuelve en el Mediterráneo. En el abrazo de las nereidas se mece su talento. Desnudos y pantalones que alteran la moral porteña.


El tucumano de Las Bases, los murales de la histórica Casa… la osadía ha roto las cadenas que atan a la Libertad en la plaza Independencia. Las esculturas hacen crecer su fama. Cuando el presente no le sonríe, la hieren detractores. La desdicha rompe un matrimonio. Los prejuicios no logran torcerle el brazo. Mujer de coraje llevar. La búsqueda de petróleo en Salta le mina dineros y salud. Los fracasos equilibran la balanza de los triunfos.


Ese domingo 7 de junio de 1936, el cincel de la muerte perfora el corazón de arcilla. Desde entonces, los dedos de Lola Mora esculpen el arpa de la eternidad.

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