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Un responso por milonga para el adiós del «Pato» Gentilini

Fragmento del diario La Gaceta de Roberto Espinosa

Nacido en Catamarca hace 94 años, se afincó en Tucumán en los 50. El folclore y el tango. La bohemia. Yupanqui, Cerúsico y Valladares.

Un murmullo de zonda amodorra la siesta catamarqueña. Los recuerdos se trepan a una zamacueca que borra las fronteras del silencio. En los acordes del tiempo, se agitan desvelos tucumanos. Un alboroto de sombras ebrias sacude la madrugada. Una danza de las tinajas dibuja calladita en las estrellas una canción de cuna de la torcaz para un changuito de la zafra. En los ojos de tigre del viento se escabulle una vidala para la tarde. Un gatito trastabilla ahora en el aire y se asienta en el ombligo de las mesas. Disonancias se le disparan por los dedos, que crecen en pensamientos. También en sentimientos. En algún bosque del alma, por los cogollos del aire la música va despertando. En la puerta de la luna, canta la milonga del alma. En las canas de los sueños una zamba silba un piano, los grillos se alborotan en el corazón del «Pato» Gentilini, quien murió este miércoles a los 94 años. Por las teclas se dibujan soledades de silencios, Catamarca se atardece en el zonda del recuerdo. Los amigos de la noche pueblan de risas el alba, abrazos cantores bullen en ese tango del alma. Con Tatita Herrera y Sánchez Vera, con el Nene Cerúsico y el Chivo, desvelan la salamanca hecha vino en la guitarra. Ahí va el Pato, conversando una vidala, por la trunca del silencio va descorchando un adiós.

Pianista, cantor guitarrista, compositor, contador, Luis Víctor Gentilini acaba de partir a los 94 años, dejando compungidos en el andén de la soledad a los duendes del folclore y el tango. Más de un centenar de piezas laten en su cancionero. Cuartetos, quintetos, sextetos, octetos vocales, grupos instrumentales, viven en grabaciones.

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